CONTEXTO MUNDIAL Y DESAFÍOS DE LA HUMANIDAD

La globalización y los nuevos conflictos

La globalización configuró al planeta tierra como un espacio interconectado en sus procesos económicos, políticos, culturales, tecnológicos y ambientales. Las mercancías circulan libremente, aunque no así las personas. Vivimos la enorme paradoja de una creciente comunicación e interdependencia, pero al mismo tiempo estamos sufriendo una de las catástrofes humanitarias por las olas migratorias de la periferia hacia los países del centro político y económico, especialmente Estados Unidos y Europa.

Estamos viviendo un proceso intenso de globalización, de migraciones masivas, de modernización, de una revolución científica y bio-tecnológica, que han puesto en el debate el carácter y las dimensiones del Estado contemporáneo.

Asistimos al surgimiento de monedas y transacciones financieras no respaldadas por los estados, como el bitcoin; al uso de dinero electrónico; al big-data como un universo de información desconocida; al almacenamiento y archivo de la información en el cyber- espacio; a la modificación las relaciones laborales, pues muchas más personas trabajarán desde su casa para empresas que ignoren su localización o su nacionalidad; se han modificado los mercados, pudiendo comprar en el exterior con dinero electrónico; se facilitan las relaciones de intercambio cultural, los servicios de salud se reciben en los hogares y las intervenciones quirúrgicas se realizan por robots. Las relaciones familiares y las familias multiculturales son más frecuentes.

A diferencia del período anterior, donde durante casi un siglo prevaleció la bipolaridad EE.UU – URSS, hoy vivimos un mundo multipolar en el cual se suman a EE.UU y Rusia, la Unión Europea, el sudeste asiático con China, Japón y Corea, algunos miembros de los BRICs, como India, Sudáfrica y Brasil.

Las oleadas proteccionistas, ultraconservadoras, ultranacionalistas, incluso organizaciones neofascista, han puesto en cuestión los tratados de libre comercio y reconfiguran el escenario económico y político mundial.

La política exterior de la administración Trump ha profundizado la militarización de su estrategia geopolítica. El ascenso de “los generales” a puestos estratégicos del régimen de Trump refuerza y pone en la mira de sus objetivos la contención de Rusia, China, Irán y Venezuela, países que concentran importantes reservas energéticas y minerales para el complejo industrial y militar y para el funcionamiento de la economía de Estados Unidos.

El mundo se encuentra en grave riesgo, no solo por el calentamiento global, sino por la militarización y el incremento peligroso del gasto militar de las potencias nucleares (EE.UU, Europa, China, Rusia, Korea del Norte, Israel), mayor incluso al de los años de la Guerra Fría, en un contexto donde han emergido nuevos conflictos, que añaden incertidumbre y pesimismo al mundo:

– La dualidad perversa del terrorismo del Islam versus el terrorismo de las potencias, cuya escalada de conflicto tiene su historia en las invasiones sucesivas de Estados Unidos a los países del Golfo Pérsico (Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán, Afganistán, Yemen, Pakistán, Somalia, entre otros, desde 1983).

– El poder nuclear de Korea del Norte y la diplomacia dura con Estados Unidos.

– La disputa geográfica y económica de Rusia vs Unión Europea, cuyo signo visible es el área geográfica clave de Crimea en Ucrania.

– China juega su propio juego y es posible que se convierta en la primera potencia económica y militar del planeta.

La brecha tecnológica y científica se ha acentuado. La quinta revolución tecnológica provocó una especie de “revolución permanente” de las tecnologías, dividiendo al mundo en países productores vs países consumidores de tecnología. Los productores tienen una ventaja comparativa inigualable en las finanzas, en la producción y en el mercado mundial. El mundo es multipolar en política, pero al mismo tiempo hegemónico en las tecnologías, pues quienes controlan la economía del mundo son los mismos: EE.UU, Europa, China, Rusia.

Calentamiento global, desafío de la humanidad para pensar en otras vías de desarrollo sostenible

El calentamiento global se ha convertido en un tema central de las agendas de desarrollo de todos los países. Sus efectos son tan devastadores que incluso ponen en riesgo a todas las formas de vida en el planeta. De mantenerse sin ninguna acción para revertirlo, podría ocasionar que para el 2030 se incremente la temperatura 3 grados, lo que implicaría el descongelamiento de los polos y subiría el nivel del mar entre 0,80 cm y 1.50 metros, lo cual haría imposible la vida de millones de seres humanos en las ciudades costeras.

Peligran los recursos naturales, porque se rompen los ciclos naturales de reproducción de estos recursos y de las especies. Usamos más de la naturaleza de lo que nuestro planeta puede renovar en todo el año; es decir, utilizamos más recursos de los que la naturaleza puede regenerar.

La contaminación y sobreexplotación de los mares, océanos y recursos hídricos es alarmante. El 71 % de nuestro planeta es agua y aproximadamente el 97.0 % es agua salada, el 3.0 % restante agua dulce, de esta tan solo el 2 por ciento es potable; alrededor de mil 600 millones de personas viven en escasez absoluta, mientras que 663 millones viven sin un suministro cercano. Si el desperdicio y la contaminación del agua continúan, para el 2025, mil 800 millones de personas vivirán en zonas de escasez de agua.

Algunas de las sustancias perjudiciales que han sido arrojadas a las aguas son los plaguicidas, fertilizantes químicos, detergentes, hidrocarburos, aguas residuales, plásticos y otros sólidos. A los océanos van a parar finalmente nuestros desechos, con efectos devastadores para las especies acuáticas y marinas.

Un rubro importante en la contaminación se genera por producción de ganado. Las estadísticas de la contaminación por este componente al 2015 rebasan los niveles de contaminación de los hidrocarburos.

Si no se toman medidas urgentes, si las grandes corporaciones y los estados no llegan a acuerdos para frenar el incremento de la temperatura en la tierra, estaríamos enfrentados al riesgo de la desaparición de todas las formas de vida en el planeta.

Es histórico el acuerdo en la Cumbre de París 2015 sobre el cambio climático, 195 países llegaron finalmente a un acuerdo, que fija techo a las emisiones de gases de efecto invernadero y establece un sistema de financiación. En París se fijó una meta obligatoria: que el aumento de la temperatura media en la Tierra sea por debajo de dos grados, incluso llegar a menos de 1,5 grados.

Kioto fue una declaración de principios. Mientras Paris 2015 es una agenda de acuerdos concretos. Algunos de estos son: la eliminación de las fábricas de neón y su sustitución por tecnología led, así como la disminución entre el 2020 al 2030 del 50% de petróleo, gas y carbón, que hoy son la fuente de energía más importantes y contaminantes.

América Latina y El Caribe, pensar desde nosotros

El actual modelo de desarrollo en América Latina y El Caribe es insostenible, es urgente repensar nuevas vías de desarrollo sostenible, con cambios estructurales en la política, en la economía y en la producción, en la gestión social y en la educación de la región, que resuelvan tres desequilibrios fundamentales2: la recesión en la economía, el aumento de la desigualdad y el deterioro ambiental.

Como región, somos una potencia en biodiversidad, una zona del mundo donde se hace indispensable valorar la contribución económica de la biodiversidad y de los servicios de los ecosistemas en múltiples campos, como la producción de alimentos, el control de enfermedades, la fabricación de productos farmacéuticos, el turismo y las actividades comerciales sostenibles3.

La Amazonia es la de mayor biodiversidad del planeta y en la región están seis de los países con mayor biodiversidad del mundo: Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela. Sólo en Sudamérica se encuentra más del 40% de la biodiversidad de la Tierra, y más de una cuarta parte de sus bosques.

Pero así como somos poseedores de la más grande biodiversidad, nuestros países obtienen sus ingresos provenientes de materias primas, cuyos precios dependen de los altibajos de la economía mundial. Después de una década de intercambio menos desigual, la desaceleración de las potencias económicas del mundo afecta a América Latina, pues compran menos y a precios más bajos. En el Consejo Económico de las Naciones Unidas no participa un solo país latinoamericano.

Las relaciones de la región con Estados Unidos, uno de sus principales socios comerciales, no se encuentran en su mejor momento. La administración Trump anuncia el desconocimiento de los tratados de libre comercio, la construcción del muro en la frontera con México, políticas migratorias inhumanas, desconocimiento de organizaciones regionales de integración, así como la convocatoria a espacios informales de negociación como el “Grupo de Lima”.

De acuerdo con la CEPAL, la región tiene entre sus principales características, la peor distribución del ingreso, una heterogeneidad productiva creciente, una baja inversión productiva y bajo ahorro, segmentación laboral y de la protección social, discriminación racial, étnica y de género, así como vulnerabilidad asimétrica al cambio climático. No hemos sido capaces de superar la desigualdad porque no se ha acabado con la cultura del privilegio.

La corrupción y la falacia de los llamados “progresismos” latinoamericanos traicionaron las esperanzas de millones de seres humanos, que vieron perder una oportunidad para salir de la pobreza y constituirse en una zona de desarrollo sostenible, de paz y prosperidad. Al contrario, nuestros pueblos fueron engañados y sus discursos de libertad, justicia, nuevo orden económico, social y político, democracia participativa, conservación del medio ambiente, fueron expropiados de sus portavoces, muchos de los cuales sufrieron persecución, violencia estatal y criminalización de la protesta social.

Un caso de especial atención es el de Venezuela, cuya población se encuentra afectada por una crisis humanitaria de consecuencias nefastas, volviéndose emergente una acción concertada en la región, para atender a los hermanos venezolanos en condiciones mínimas de dignidad humana y solidaridad, así como presionar por una salida negociada y de paz.

En este contexto, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), el Sistema de Integración Centroamericana (SICA) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) tienen que consolidar acuerdos a largo plazo en la política internacional y en la economía, en las políticas sociales a favor de nuestra gente y que respondan a los nuevos desafíos que experimenta el mundo.

Hay que impulsar alternativas que superen roles tradicionales de “resistencia anticolonial” como la lucha contra todas las formas de violencia, especialmente contra las mujeres y los niños, la defensa del medio ambiente, la erradicación de la pobreza, la universalización de la salud, la vinculación de la educación con la producción, la universalización de una cultura ecuménica e intercultural, el respeto a la diferencia, la lucha contra la corrupción, la conquista de la paz. Un acuerdo civilizatorio básico de la humanidad tiene que contemplar el desmantelamiento del arsenal nuclear, el laicismo, el ecumenismo y la erradicación de la violencia.